Flores del descampado

Me crie en las afueras de una gran ciudad, en uno de esos pueblos ahora absorbidos por el crecimiento urbanístico, en el que todavía podía verse algo de campo alrededor y pastores con sus ovejas unos cuantos días a la semana. 

En primavera, más en concreto a principios de mayo, los descampados se llenaban de colores: amarillos, morados, rojos y verdes; y la buena temperatura junto con los días largos y la vida floreciente, invitaban a salir de casa.

Mi madre cumplía los años en la primera quincena de este mes. Le encantaban las flores, pero no se podían adquirir en la tienda del mercado, le gustaban mas las silvestres, las recogidas a mano.

El día de su cumpleaños, y desde bien pequeños, mi hermana y yo madrugábamos saliendo al descampado con las primeras luces del día y nos dedicábamos a recolectar todas las flores que veíamos. El ramo debía ser grande, tan ancho que no pudiéramos sujetarlo con nuestras pequeñas manos y además, contener todas las flores del campo. Tras un par de horas llegábamos a casa, con las manos rojas y pringosas, nos lavábamos, preparábamos el desayuno y despertábamos a mi madre con un escandaloso cumpleaños feliz. 

Cada año el ramo lo complicábamos más. El grado de exigencia crecía con el conocimiento de las flores: de las amarillas debíamos coger de los distintos tipos que había, cuidado con las azules que tenían unos pelillos que se clavaban como agujas, las moradas solo las de tallo más largo y las margaritas cortadas con tijera, bien abajo, que eran muy duras.

Con el paso del tiempo las flores amarillas empezaron a llamarse orugas y mostazas, las rojas amapolas, había infinidad de cardos diferentes: borraja silvestre, achicoria y un montón de nombres que fueron surgiendo mágicamente de libros de plantas medicinales con fotos e ilustraciones. En las flores encontrabamos moscas, mariposas, gusanos y escarabajos; cerca, en las charcas del descampado, atrapaba ranas y sapos. Poco a poco surgieron lagartijas por los muros, setas de cardo, ajoporros y cardillos en secretos rincones, también un albaricoquero sin dueño conocido y cuatro vides abandonadas hacía muchos años.

Descubrí que la información que contenía el descampado era infinita, millones de nombres, diversos ecosistemas, miles de cosas diferentes que crecían en el suelo y algunas podían comerse. Afloró el instinto recolector, el de un coleccionista de experiencias campestres que alternaba en su juventud noches de cervezas y rock con mañanas frescas de montaña a la intemperie.

En el segundo mes de confinamiento por la pandemia de Covid 19, ya dejan salir a dar una vuelta cerca de casa. Asomado a la ventana, veo los colores amarillos, rojos y morados; el descampado ha florecido y la belleza semiurbana vuelve a mis recuerdos aquellos que remuerden la conciencia y hacen reflexionar sobre la decepción de mi madre. Me llevan justo al momento en que nos transformamos mi hermana y yo en  dos adolescentes, cuando decidimos no volver más al descampado a recolectar flores silvestres porque creímos que teníamos otras cosas más importantes que hacer. 

Incertidumbre, arrogancia e inconsciencia en esa maldita edad de los cambios y de la pérdida de la inocencia…

Daniel Agut

Temporada 2. Capítulo 12Flores del descampado
Fecha de grabaciónMayo de 2020
Duración2:58 minutos
Fecha de emisión29 de mayo de 2020
LocalizaciónAlovera, Guadalajara. España
Imagen y sonidoDaniel Agut
Montaje y ediciónDaniel Agut
OpúsculoDaniel Agut
MúsicaDaniel Agut
TemaSoft colors

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