Río de hielo

El hielo y el silencio, el agua bajo cero y el invierno. La vida que se mantiene viva por encima y bajo el agua, aunque creamos que inverna, duerme, se esconde o emigra lejos. Pero sigue ahí, a lo suyo, sólo hace falta mirar de cerca, salir a la intemperie bien abrigados, no quedarse en la casa abandonada y seguir pisando sin prisa la intemperie. Pero el frío nos lleva siempre a los poetas rusos, a la tundra, al norte, a los inviernos que describieron los versos de Mijail Kuzmín “¿Con qué se encontrará primero el ojo renovado? / Veo una trucha que rompe el hielo. / Apóyate en la mano. Prueba. Levántate. / Revive la tela rota por el viento.” Y de Anna Ajmátova: “el hielo del Año Nuevo reducido a brasa por tus lágrimas./ ¡Vean el chopo de la prisión doblegándose!/ Ningún ruido. Ni un ruido. / Aun así, cuántas vidas inocentes se están terminando”. Aunque estos versos, en ruso y con vodka, siempre suenan mejor. 

Caminamos largo rato buscando arroyos a medias congelados y a medias corrientes. En el termo llevamos algo caliente, tal vez un bortsch soviético o una sopa de siervo zarista o un caldo de ucraniano duro o un potaje de cazador siberiano camarada de caza de Dersu Uzala y de Miguel Strogoff. Pero no estamos en Siberia si no en los confines zamoranos y en el termo sólo llevamos un orujo de hierbas recogidas cuando el campo y este río, ahora helado, casi podría parecer un paraíso: toca la lengua menta, enebro, hierbaluisa, salvia, albahaca, limón, manzanilla, romero, hinojo y hasta aquel sol. Su sabor se mezcla ahora, en el pequeño vaso de metal, con un trozo de hielo que has arrancado del arroyo y luego, ya de vuelta a la casa, con el violín que suena en un viejo tocadiscos y el rojo de una chimenea en la que arde una raíz de brezo y tocón de roble.

En invierno, en el sur, las playas están ya deshabitadas, extinguidos los turistas solanáceos, las sombrillas chillonas y el cemento que hacían malvivir al país antes del tsunami inmobiliario y luego la pandémica y celeste. Ese país de las arenas alicatadas hasta el techo, los especuladores pirateando alcaldías y  los agricultores vendiendo sus huertas por un plato de lentejas y un buen fajo de billetes se está desmoronando. Y aquí, en el norte, en medio de la España vacía o vaciada, de la Laponia española, muchas casas están también abandonadas, el huerto se ha anegado de madreselvas y zarzas secas y por las ventanas sin cristales se cuela la brisa helada.  Pero has hecho un nido de mantas en la habitación más pequeña, vaciando un arcón donde dormían espadones roñosos, trajes de gala negros envenenados de naftalina y libros de Buffon. Has encendido el fuego del hogar, servido el orujo y brindado por fin por el invierno. Has cogido un viejo libro de Austral y recitado unos versos de Nikolái Nekrásov “¿Parecen terciopelo las cimas de los pinos; /están bien los adornos de los robles? / ¿Está soldado firme el hielo /sobre ríos y arroyos? / Va de un árbol a otro, / cruje a su paso el agua helada, / y el sol brillante juguetea / sobre su espesa barba hirsuta.” Huimos de la ciudad pero ya no estamos de paso por aquí. Vinimos para quedarnos, saborear el hielo, calentar el invierno.

Ramón J. Soria

Temporada 2. Capítulo 25Frío
Fecha de grabaciónAño 2019 y 2020
Duración3:34 minutos
Fecha de emisión11 de diciembre de 2020
LocalizaciónDistintas localizaciones
Imagen y sonidoRevista intemperie
Montaje y ediciónErnesto Cardoso
OpúsculoRamón J. Soria
MúsicaÁngel Tovar Angulo
TemaPolonesa

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