Puentes y flores

A la altura del paralelo que habitamos y gracias a las cálidas corrientes del Golfo a mediados de marzo comienzan a despertar los árboles y a seducir con sus flores a las abejas. Primero los almendros y los prunus, poco después los cerezos. En el valle del Jerte y de la Vera la “nieve” de sus flores llena el paisaje y atraen a mucha gente que considera un espectáculo turístico este suceso cíclico y natural. En Japón se llama Hanami, 花見, el suceso se anuncia con antelación en todas las televisiones y las familias se van de picnic bajo la sombra de los cerezos y celebrar el equinoccio de primavera, la vuelta de la vida y del calor.

Para llegar hasta el valle hemos corrido por autovías y carreteras, cruzando largos puentes de hormigón y acero sin darnos cuenta de cual era su luz, sus intradós, sus pilares, sus ojos y tajamares. Son puentes invisibles. Los caminos modernos se empeñan en la rectitud y la velocidad, evitando por tantos cualquier curva o vuelta. Ni en las entradas ni en la salidas de las calzadas de un puente moderno veremos nada de lo que hay debajo, tampoco lo que se ve a los lados cuando los cruzas porque cualquier distracción podría ser peligrosa. En cambio los caminos de los puentes antiguos estaban hechos para que el caminante, antes y después de cruzar el puente viese la obra, la admirase, pudiera contemplar de lejos, a media distancia y también de cerca el prodigio del ingenio de los hombres, porque el camino de entrada o el de salida siempre hacen curva y el pretil es bajo para detenerse a mirar, desde él, sin prisa, el río y su paisaje.

Los billetes de euro están llenos de puentes porque simbolizan la unión y las posibilidades de fácil comunicación entre los pueblos de Europa. El Gran Tajo sirvió de confín muchas veces. En el 400 a.C. se comenzaba a construir la gran muralla China, Alejandro Magno conquistaba el Imperio Persa, la Atenas de Pericles florecía y a este río no lo había cruzado aún ningún puente sólido. Mucho, mucho más tarde Estrabón, Plinio el Viejo, Tito Livio, Justino… se atrevieron a describir de oídas como eran los pueblos que bebían del Tajo y lo cruzaban en barca, a caballo o a nado. Roma fue quien construyó por fin docenas de puentes pequeños y grandes, funcionales, sólidos, imponentes, intrépidos, bellísimos. Facilitaron el paso, el comercio, los viajes y duraron muchos siglos y luego, durante la larga edad media se mantuvieron y arreglaron hasta que los franceses durante la ocupación volaron muchos de ellos. Algunos luego fueron reparados y siguen en uso aunque a su lado discurran los modernos puentes de hormigón. Muchas veces me encuentro esos puentes que aún aguantan en los más pequeños de sus afluentes y cuando los utilizo para cruzar un río imagino a quienes los diseñaron e hicieron, cómo era aquel tiempo y el valor de poder cruzar seco y con facilidad cuando el río venía alto y frío, cuando los caminos se hacía a pie y no había más luz que la lumbre.  Puentes viejos y flores nuevas de cerezo. Intemperie suave y lenta.

Ramón J. Soria Breña

Temporada 1. Capitulo 8Puentes y flores
Fecha de grabación16 de marzo de 2019
Duración2:20 minutos
Fecha de emisión29 de marzo de 2019
LocalizaciónGargantas de la Vera y Valle del Jerte
MunicipioCuartos, Garganta la Olla, Valdastilla. Cáceres, Extremadura. España
Imagen y sonidoErnesto Cardoso
Montaje y ediciónErnesto Cardoso
OpúsculoRamón J. Soria Breña
MúsicaPictures of the Floating World
TemaConvergence

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s